domingo, 14 de marzo de 2010

Mujer-hombre: en la búsqueda del equilibrio perdido



Necesidades básicas


Hace unos trescientos setenta millones de años, en pantanos de agua dulce, algunas especies de peces comienzan a arrastrarse fuera del agua. Son los anfibios, primeras criaturas con espina dorsal que colonizan tierra firme.


Imagen: Anfibio. Foto de: 8oriente.com, en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch%3A1&sa=1&q=anfibios+prehistoricos&aq=8&aqi=g10&aql=&oq=anfibios&start=0

Los reptiles aparecen cincuenta millones de años después. De igual manera que los anteriores, procuran su comida, se protegen y copulan para continuar el ciclo de la vida. Todas estas conductas son exclusivamente instintivas, individuales y desconocen al otro, excepto para el apareamiento.


Imagen: reptil. Foto de: oni.escuelas.edu.ar, en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch%3A1&sa=1&q=reptiles+prehistoricos&aq=9&aqi=g10&aql=&oq=reptiles&start=0


En concreto, estos animales ocupan su tiempo en satisfacer sus necesidades básicas: búsqueda de alimentos, obtención de protección y aseguramiento de la procreación.

Necesidades básicas y lazos emotivos

Transcurridos otros cincuenta millones de años, surgen los mamíferos y los dinosaurios. Los primeros controlan su propia temperatura corporal (endotermos), son pequeños (unos pocos centímetros), cuidan de las crías paridas y su vida es irrelevante frente a lo que acontece en la naturaleza; los segundos, dependen del sol para obtener calor (exotermos), algunos llegan a tener grandes dimensiones, protegen los huevos y luego los hijos salidos del cascarón y reinan por 150 millones de años en la fauna de la época.


Imagen: Dinosaurio saliendo del cascarón. Foto de: radiopresenciadivina..., en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch:1&q=dinosaurios&sa=N&start=18&ndsp=18

Ambos, a distinción de los predecesores, deben cuidar de su descendencia. Ocuparse de estas tareas es algo nuevo, una actividad que antes no existía.

Esta relación entre progenitores y descendientes, en la mayoría de los casos entre la hembra y sus hijos, genera vínculos que se traducen en carga genética, es decir, fijan lazos emotivos. Así, el comportamiento de estas especies es más complejo y, a cambio, obtienen ventajas sobre el entorno.


Imagen: musaraña, mamífero primitivo. Foto de: reddeparquesnacionales..., en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch%3A1&sa=1&q=musara%C3%B1a&aq=f&aqi=&aql=&oq=&start=0

Cuando desaparecen los dinosaurios hace 63 millones de años, excepto unos que vuelan y que son endotermos (futuras aves), quedan algunos reptiles, como cocodrilos y tortugas, que se resguardan en medios acuáticos o en la tierra y los mamíferos. Estos últimos, sin competencia a la vista, se multiplican y dividen en miles de ramas distintas y dominan la Tierra hasta el presente. De esta manera emergen los primeros antepasados de los primates.


Imagen: fósil de antepasado de los primates de 47 millones de años. Foto de: blog.christianitytoday.com, en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch:1&q=Parapithecus&sa=N&start=90&ndsp=18

Con el tiempo, las relaciones grupales se perfeccionan, algunas especies, entre ellas antecesores comunes de monos, simios y hombres, no sólo protegen sus crías sino que también lo hacen entre si, formando tropas numerosas.

De estos primates, entre siete y cinco millones de años atrás, se desprende la derivación de los futuros humanos. Este desgaje de los antropoides deja el bosque, incursiona en la sabana y aprende a caminar en dos patas.

Quedan por transcurrir más de tres millones de años hasta la actualidad, cuando varias especies de monos bípedos recorren las llanuras levantando su cabeza para detectar el peligro. Su organización grupal es muy especializada con responsabilidades repartidas entre los miembros, como en los grandes simios actuales. Un macho domina, se aparea con las hembras y combate con los otros por ese privilegio.

En esas bandas los individuos se reconocen como hembras o como machos. No hay distinción entre padre, madre, hijo, hija. En la promiscuidad de la manada, el acto sexual, enraizado en los instintos, sólo queda condicionado a pujas, peleas, celos, ventajas circunstanciales o imposiciones.


Imagen: banda de simios. Foto de: zaragozaciudad.net, en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch:1&q=chimpance&sa=N&start=36&ndsp=18

El fundamento de la organización consiste en la protección de sus miembros, en especial, de los más pequeños y, el artilugio, los vínculos grupales. Las especies adaptadas a estas condiciones buscan satisfacer sus necesidades básicas, como las citadas al inicio, de alimentación, protección y procreación, con el aditamento de la incorporación de lazos emotivos.


Necesidades básicas, lazos emotivos y alianza matrimonial


Los monos bípedos se multiplican y entran a competir por los recursos disponibles. Sus conflictos se acrecientan hasta que la alianza accidental entre dos grupos les permite sacar ventajas sobre los restantes. Sin embargo, ponerse de acuerdo no es fácil. Las dificultades siempre aparecen por disputas entre los machos por las hembras. Hay que reconocer que, por tendencias instintivas, las demandadas son siempre estas últimas.

La solución pasa por resolver el conflicto sexual y, al mismo tiempo, establecer vínculos estables entre las partes. Los primigenios prehumanos mezclan ambos temas y sellan la alianza entre dos grupos mediante el intercambio de mujeres (si es que ya pueden ser llamados así los individuos femeninos y hombres a los masculinos). De esta forma encausan las disputas por ellas y, a la vez, establecen relaciones de parentesco entre las partes asociadas. Así, nace la familia.

El trato es recíproco, las mujeres ofrecidas de un lado deben ser correspondidas con las brindadas por el otro. Esto implica que cada grupo debe reservar las propias y abstenerse de la cópula interna. Este hecho se traduce en la prohibición del incesto, regla antiquísima y universal que se desarrolla conjuntamente con otros comportamientos tradicionales. Visto positivamente, más que una prohibición es una obligación: la prescripción de reservar la madre, la hermana y la hija a otro hombre.

La asociación entre dos grupos mediante el intercambio de mujeres, alianza matrimonial, exige el cumplimiento de normas de exogamia. Este simple paso inicial en el proceso de coaliciones familiares madura a lo largo de dos millones de años.


Imagen: El homo erectus controla el fuego. Foto de: web.educastur.princast.es, en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch%3A1&sa=1&q=homo+erectus&btnG=Buscar&aq=f&aqi=g4&aql=&oq=&start=0


Los lazos de consanguinidad resultan del canje de mujeres como donaciones recíprocas. Esta unión implica una limitación a los instintos sexuales, una restricción severa que hace a la esencia del acuerdo (matrimonio exógamo) y es asumida por todos los involucrados hasta causar horror colectivo su transgresión.

La institución de la familia, ligada por relaciones de parentesco, prospera y forma comunidades bajo el férreo acuerdo del intercambio de géneros. Los comportamientos intergrupales se tornan complejos, sin embargo, el conjunto incrementa su autonomía operativa frente a las vicisitudes del medio ambiente.

En el seno familiar los lazos entre los vivientes y sus antepasados (linaje) están signados (filiación) por el padre (patrilineal) o por la madre (matrilineal). Además, para la residencia de la madre con sus hijos caben dos posibilidades: o la mujer es transferida al grupo aliado (patrilocal) o un hombre de este último concurre al de ella (matrilocal).

Estas categorizaciones se pueden combinar en cuatro tipos: patrilineal-matrilocal; patrilineal-patrilocal; matrilineal-matrilocal; matrilineal-patrilocal. La última opción es mayoritaria aunque existen evidencias etnológicas de todas ellas.

La mujer sabe quienes son sus hijos, ella los parió y, en consecuencia, garantiza el linaje; el hombre tiene la supremacía física y prioriza la residencia en su propio grupo donde se siente fuerte. Estas razones pueden haber inducido la difusión de comunidades matrilineal-patrilocal.

La mujer tiene y cuida a los niños, responsabilidad destacada en épocas de altísima mortalidad (expectativa de vida menor a 30 años). En el rol de esposa constituye el nexo de intercomunicación grupal, personifica la relación de parentesco. El hombre se hace cargo de la defensa, de las tareas rudas.

La familia exige el cumplimiento de normas que la tradición se encarga de preservar. Dentro de ella rige un régimen comunista, todo se comparte, no existe el derecho de propiedad. Determinadas uniones carnales quedan prohibidas, otras prescriptas y las transgresiones, que las hay, son castigadas con severidad. Su propia existencia depende del cumplimiento estricto de la exogamia.


Imagen: en tareas del hogar. Foto de: brujis.mforos.com, en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch:1&q=hombre+primitivo+mujer+caverna&sa=N&start=54&ndsp=18

Esta forma normada de convivencia se perfecciona a lo largo del tiempo, las reglas matrimoniales se hacen complejas y el intercambio generalizado entre clanes y clases, en multitud de facetas, se expande por el mundo. Este proceso ocurre a lo largo de más de tres millones de años.

Como en el estadio anterior, las necesidades existenciales de las comunidades son: alimentos, seguridad, sexo y exigencias emotivas. A todo esto se agrega, en el presente caso, el acatamiento a las alianzas matrimoniales.


Necesidades básicas, lazos emotivos, alianza matrimonial y derecho


Recién, a tan sólo catorce mil años del presente, las comunidades nómades, recolectoras-cazadoras, se encuentran multiplicadas y dispersas por el mundo, concentrándose en zonas fértiles. Las más poderosas están constituidas en tribus y necesitan muchos Km2 de territorio para obtener su alimento. La disputa por el control de los recursos naturales se acrecienta.


Imagen: miembros de una tribu. Foto de: zumacaya.com, en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&ndsp=18&tbs=isch:1&q=tribus+indigenas&revid=1384108016&ei=AqWeS-WkFI6VtgeSnsCHBg&sa=X&oi=revisions_inline&resnum=0&ct=broad-revision&cd=3&start=0

La habilidad de dispersar semillas para favorecer a ciertas especies de plantas obliga a asegurar la recolección evitando que otros se alcen con la cosecha y, además, los sobrantes almacenados deben quedar protegidos. Esta situación incita a las comunidades dominantes a asentarse en las mejores tierras y, a la vez, a dejar en el pasado la vida errante.

Las peleas entre tribus se tornan continuas y surge la necesidad de tratos entre ellas para resguardar “su territorio”, previniendo los saqueos por parte de los vecinos, muchos de ellos todavía nómades. Este marco conflictivo se ve agravado por la domesticación de animales que se suman a los agrícolas como bienes a resguardar.


Imagen: en la aldea. Foto de: ancael.blogspot.com, en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch%3A1&sa=1&q=ciudades+primitivas&aq=f&aqi=&aql=&oq=&start=0

Los asentamientos llevan a las aldeas y éstas a las ciudades. La concentración poblacional exige un ordenamiento común. Éste se logra, hace siete mil años, con la aparición del Estado (primeros reinos) como máxima expresión de la organización pública. Es la entidad suprema de derecho, que expresa el orden que integra el contenido de costumbres, reglas, leyes o códigos y que lo hace cumplir. El afincamiento se consigue mediante comportamientos más complejos que los correspondientes a tribus errantes y, como ventaja, obtiene primacía sobre el medio ambiente.

La sociedad humana, concretada por regiones, resulta del acuerdo colectivo racional plasmado en la ley. Los convenios alcanzados asumen cambios producidos en la forma de vida que son trascendentes y algunos, a la luz de la tradición, revolucionarios.

Las tierras, los sembradíos, los rebaños, los canales de riego, las viviendas, las armas, los almacenes, en esta instancia, tienen dueños. La propiedad surge de hecho y el Estado se encarga de dictar la ley que regula su aplicación. Todas las civilizaciones instituyen el derecho de propiedad que, en sus orígenes y por mucho tiempo, es entendido como la capacidad de usar y abusar de una cosa.

Las poblaciones de las ciudades-estado continúan con sus ancestrales tradiciones familiares, basadas en enredadas reglas matrimoniales que establecen alianzas entre clanes o clases. La mayoría de éstas tipificadas como sistemas de filiación y residencia: matrilineal-patrilocal. Este ordenamiento establece que los bienes heredados siguen la filiación materna.

El hombre, que asume la dura tarea de ir a la guerra, de participar de la labor productiva, de ser el jefe político, no tiene herederos. La crisis social emergente del conflicto entre la norma sucesoria y el derecho de propiedad es el detonante revolucionario.

El convenio de intercambio, de donación recíproca, de intercomunicación femenina, que a lo largo de millones de años logra un “cierto equilibrio entre géneros”, pierde prioridad y queda sometido al nuevo vínculo social: la ley. La filiación matrilineal es reemplazada por la patrilineal y la condición de residencia mantenida. De aquí en más, el sistema de alianza matrimonial conserva todas las pautas tradicionales excepto que ahora es patrilineal-patrilocal.

Así, el hombre, con el control del poder del Estado, mediante la ley, se erige en único propietario y establece la herencia paterna. Sin embargo, va más allá, rompe con el “cierto equilibrio entre los géneros” e incluye a la esposa entre sus bienes. Además, por miles de años y también en el presente, en la mayor parte del mundo en cantidad de habitantes, hace uso y abuso de la mujer.


Imagen: Boda de niños como solución a disputas entre familias. Foto de: trabajadores.cu, en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch:1&q=casamiento+ni%C3%B1o+ni%C3%B1a&sa=N&start=18&ndsp=18

Por si fuera poco, el hombre modifica las reglas matrimoniales tradicionales en aquellos aspectos que afectan su línea hereditaria. La esposa no puede mantener relaciones sexuales extramatrimoniales como garantía de que los hijos de ella son también de él. En cambio, es aceptado por la sociedad, aunque la ley pueda decir lo contrario, que el hombre sí puede tener amantes femeninas.

Tanto la sociedad globalizada como las comunidades primitivas de la prehistoria, requieren de alimentos, seguridad, sexo, lazos emotivos y alianza matrimonial. La complejidad de las civilizaciones exige sumarle a todo lo anterior una necesidad más: la de cumplir con la ley.


En la búsqueda del equilibrio perdido


La preponderancia del hombre sobre la mujer está arraigada en todas las culturas no primitivas. Esto implica la presencia de un condicionamiento milenario que, aún en la actualidad, se asume como “natural”. La irrupción de nuevos conceptos sociales como la abolición de la esclavitud, la división de poderes en la república, el advenimiento de la democracia, el sufragio universal, la declaración de los derechos humanos, el control de la natalidad, entre otros, pone en marcha procesos reivindicatorios de la armonía de géneros.

El siglo XX es escenario de las luchas de la mujer por la libertad y la igualdad con el hombre. La guerra en Europa la introduce como obreras en las fábricas y la discriminación de sexo la revela ante injusticias económicas. El socialismo adopta banderas feministas y el reclamo se extiende a los derechos sociales, civiles y políticos. El fiel de la balanza comienza a moverse, la idea de recuperar el equilibrio perdido deja de ser una quimera.

En las últimas décadas la racionalidad original de la ley ha valorado su propia lógica y reconoce en constituciones nacionales y en la Organización Internacional del Trabajo condiciones de libertad y dignidad, de seguridad económica y de igualdad de oportunidades para todos los seres humanos, sin distinción de raza, credo, o sexo.

En los países más avanzados los logros conseguidos son importantes. Sin embargo, a pesar de los propósitos y acciones de la ONU, las condiciones de la mujer en vastas regiones del mundo son inhumanas. Ejemplos actuales son: pena de muerte por lapidación por adulterio o no respeto de reglas de endogamia (Irak); circuncisión, extirpación del clítoris, para impedir el disfrute sexual y asegurar la fidelidad matrimonial (Costa de Marfil); asesinato o abandono de niñas recién nacidas por pautas culturales de preponderancia masculina (China); asesinato de mujeres jóvenes de bajos recursos (Ciudad Juarez, México).


Imagen: mujer lapidada, previo recibir cien azotes. Foto de: jesed.wordpress.com, en http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch%3A1&sa=1&q=mujer+lapidada&aq=f&aqi=&aql=&oq=&start=0

Otras discriminaciones de género, menos aberrantes que las descriptas pero igualmente inaceptables, donde la mujer es víctima son las siguientes: legislaciones que prohíben a la esposa disponer de los bienes heredados sin la debida autorización del esposo; menores salarios que el hombre para iguales tareas; violencia familiar en los hogares; comercio sexual; discriminación en la investigación científica; explotación en el servicio doméstico; etc.

Los ejemplos citados muestran una realidad dura, una sociedad conservadora con una cultura “machista”, tanto en hombres como en mujeres, que hacen difícil la puesta en práctica, efectiva y asumida por todos, del “reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana” (preámbulo de la Declaración universal de derechos humanos).

Sin embargo, los logros alcanzados son muchos e importantes. El más trascendente quizás sea el derecho político de elegir y ser elegida. En la mayoría de los países del mundo rige el sufragio universal. En algunos no, como en Arabia Saudita.

El derecho a la educación también es fundamental, en las universidades argentinas seis de cada diez estudiantes son mujeres. El porcentaje de egresadas de los centros de enseñanza de todos los niveles es mayor que el masculino.

La presencia de mujeres en cargos ejecutivos y en los directorios de empresas privadas es cada vez más frecuente.

Las innovaciones del presente


El análisis de ADN para verificar lazos sanguíneos, las nuevas leyes que otorgan condiciones hereditarias igualitarias para ambos sexos y la independencia social y económica que alcanza la mujer dejan sin sentido al sistema original de alianza matrimonial patrilineal-patrilocal. La herencia es compartida, la localización es convenida, la alianza está globalizada y el matrimonio o unión sexual perdura por mutua conveniencia.


Imagen: doble cadena de ADN. Foto en: www2.udec.cl, de http://images.google.com.ar/images?hl=es&gbv=2&tbs=isch:1&q=adn&sa=N&start=0&ndsp=18


Las innovaciones del presente ponen en jaque al sistema social. La alianza matrimonial como acuerdo entre familias, fundamento de todas las civilizaciones humanas, se deshace en el tiempo.


Reflexiones


Si la alianza matrimonial es inconsistente: ¿debe ser adaptada la ley a las nuevas realidades? ¿deja de ser una alianza? ¿rige solamente el amor conyugal?


La igualdad ante la ley de hombres y mujeres: ¿desarma la familia? ¿lleva a uniones sin hijos? ¿recicla el enamoramiento?

Si la mujer y el hombre son independientes: ¿la primera lleva la carga de los hijos? ¿es ésta también una forma de discriminación femenina? ¿deben compartir todas las responsabilidades para con los hijos?

El amor entre dos personas que desean vivir juntas: ¿necesita de reconocimiento jurídico? ¿el amor de pareja es algo más que ellos dos?

Si la mujer ocupa cargos políticos, empresarios, sindicales, deportivos y culturales en forma creciente: ¿llegarán a equipararse los sexos en la sociedad humana? ; ¿el poder adquirido será en detrimento del hombre?

La crisis en los fundamentos de la sociedad: ¿es la oportunidad para establecer nuevas reglas de juego? ¿Cuál es el rol de la mujer y el hombre en condiciones de igualdad? ¿qué queda de la familia? ¿qué ofrece el mundo del futuro?





Mario Hails, Marzo de 2010

Referencias:


ATTENBOROUGH, David, 1981, La vida en la Tierra - Una historia natural. Fondo Educativo Interamericano S.A. - E.U.A.

CABANELLAS, Guillermo, 1968, Diccionario de derecho usual. Buenos Aires, Bibliográfica Omeba.

ENGELS, Friedrich, 1971, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Buenos Aires, Editorial Claridad.

LEVI-STRAUSS, Claude, 1998, Las estructuras elementales del parentesco. Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica S.A.