lunes, 5 de marzo de 2012

Conjugando el verbo divino con el sentido de la evolución


El jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin es una de las mentes más brillantes del siglo XX. El reconocimiento de la comunidad científica internacional como destacado geólogo y paleontólogo contrasta con las serias críticas que recibe su posición filosófica sobre evolución y teología. Sus mayores detractores son fundamentalistas darwinianos y religiosos, a su vez enemigos entre sí, que no aceptan posiciones distintas a las propias.


Pierre Teilhard de Chardin

Sus metódicos y meticulosos trabajos sobre fósiles de animales y humanos y su profunda vocación religiosa no fueron obstáculo para que asumiera ambas actividades con total dedicación. Por el contrario, exigieron de su talento filosófico un esfuerzo intelectual mayúsculo para parir una teoría conciliadora entre el proceso de evolución y la posición creacionista.
Teilhard de Chardin supo amalgamar las evidencias encontradas por el investigador que avalan la existencia de la evolución con la religiosidad del sacerdote jesuita creyente y devoto de un Dios omnipotente. Su acatamiento a la disciplina de la iglesia impide la publicación de sus manuscritos en vida. Los libros en circulación se imprimen después de su muerte.
El erudito jesuita amplía su evolucionismo de lo biológico a lo inanimado, a todo el Universo. Según su visión, el cosmos es el resultado de una evolución continua, con sentido ascendente, hacia lo más complejo.
El filósofo y mediador Teilhard está siempre presente en sus cavilaciones: los espiritualistas tienen razón cuando defienden tan ásperamente cierta trascendencia del hombre sobre el resto de la naturaleza. Tampoco los materialistas andan descaminados cuando sostienen que el hombre es solo un término más en la serie de las formas animales.
Laplace, Comte y Marx, entre otros, prescinden de la idea de Dios y, siguiendo la corriente ideológica del momento, la ciencia materialista se afianza en el siglo XX. Dios no es necesario.
Teilhard se encuentra aprisionado entre científicos y clérigos. El cepo de creencias atormenta su entendimiento. Entre el blanco y el negro, los grises brillan por su ausencia.
La presión ontológica paraliza o revela al genio. El temple jesuita le impide claudicar y reafirma la existencia de Dios. El esfuerzo intelectual lo proyecta fuera de la lámpara mágica para que cumpla sus propios deseos: el proceso evolutivo culmina en Dios, afirma, y pretende reconciliar las conclusiones de la ciencia con las de su propia fe.
Piensa que la evolución es un fenómeno universal con un fin determinado y recibe duras críticas darwinistas. Sostiene que Dios está al final del proceso, no al inicio, y las reprimendas clericales son inmediatas.
La lógica “teilhardiana” se fundamenta en el “tercer infinito”: uno, lo infinitamente grande, lo cósmico; dos, lo infinitamente pequeño, lo cuántico; tres, lo infinitamente complejo, Dios.
La vida es consecuencia del cosmos abiótico, el mundo consciente del inconsciente y una tercera mutación está implícita en el estadio consciente: la conclusión de la evolución en Dios.
Todo lo que existe en el Universo tiene un “adentro” y un “afuera”, un interior y un exterior. El interior es el “espíritu” y el exterior es la “materia”. Ambos conforman un todo indivisible: “espíritu – materia”.
Los átomos, las moléculas, las estrellas, las galaxias constituyen, en el tiempo, una complejidad creciente. La vida significa un salto cualitativo y la biósfera un incremento de la complejidad. La humanidad constituye un escalón cualitativo a partir del pensamiento reflexivo y la noosfera (red de pensamientos) un aumento de la complejidad.
Alfa es el inicio del proceso evolutivo y Omega es el punto de finalización. La flecha del tiempo parte de Alfa y concluye en Omega y, en su transcurso, crece la complejidad. El ascenso de lo físico a la vida, la psiquis, la conciencia, la reflexión y lo social depende de la complejidad del interior de las cosas, del adentro, de la espiritualidad.
Según Teilhard el aumento de la complejidad converge en el punto “Omega”, el ascenso hacia el Espíritu se acelera, lo infinitamente complejo se hace presente. El punto “Omega” significa que la evolución concluye, que Dios es fin y consumación del Universo.
El pensamiento de Pierre Teilhard de Chardin es revolucionario. Emerge de su intuición, es la conclusión de una mente despierta, atenta, esforzada que, en un entorno caótico por el choque de disciplinas antagónicas vivenciadas en primera persona, produce la chispa que termina iluminando el escenario de la cognición humana.

Hacia el punto Omega

El sentido de la evolución, el crecimiento de la complejidad: ¿conduce a Dios?



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1 comentario:

  1. Interesante pensamiento, desafiante para la época de su autor. Teilhard de Chardin expuso sus ideas filosóficas, adelantándose en el tiempo.¿O no se acerca acaso, a la línea de pensamiento de los físicos cuánticos o de aquéllos que la llevan hasta la espiritualidad?

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